Críticas de los discos de la semana: Muse, Robbie Williams, Cecilio G, Tony Molina y Afghan Whigs

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Por Fernando Rojo.

Nada en ‘Will of the People’ está pensado para su escucha en casa, tampoco en el móvil o en el pub de enfrente. Hace mucho tiempo que, tras el hundimiento de la industria discográfica, las bandas planetarias solo planean sus composiciones para ejecutarlas en directo, que es donde está el negocio, más aún en el caso de Muse, una máquina perfectamente engrasada para llenar estadios. Craso error, porque nadie coreará (que es al fin y al cabo lo que ellos parecen buscar con ahínco) una canción que no apetece escuchar una y otra vez. Y así ocurre que, queriendo tener hecha la tortilla antes de romper los huevos, solo una canción de este disco está entre las más reproducidas en Spotify (termómetro posmoderno de lo-que-funciona), y por supuesto a años luz de sus clásicos.

Cuando Muse se preocupaban por hacer canciones y discos como Dios manda, crearon himnos indiscutibles como ‘Uprising’ o ‘Starlight’. Hoy hay que tirar de mucha generosidad y varias escuchas para salvar alguna canción. Y brotan disparates como ‘You make me fell like Halloween’, que podría entenderse como una autoparodia si no fuera porque se toman a sí mismos demasiado en serio.

El otro propósito de este despropósito es llamar a sus seguidores a la revolución. Sí, a la revolución, pero a una revolución blandengue, como el hombre del Fary. Una revolución de salón, o más bien de estadio, que no conduce a las barricadas, sino a la puerta 20 del Metropolitano. Bellamy se desgañita gritando 31 veces ‘La voluntad del pueblo’ (el nombre traducido de Naródnaya Volia, grupo revolucionario ruso que asesinó a Alejandro II en 1881), para acto seguido bombardearnos con una colección de proclamas inconexas: «Empujemos a los emperadores al océano», «Destrozaremos tus instituciones en pedazos», «Necesitamos una revolución»… Pero Bellamy no da el pego como activista naródnik, y encima la canción se parece tanto al ‘The beautiful people’ de Marilyn Manson, que no debemos descartar un pleito por plagio. Al final, Muse pierde en su batalla contra Manson, igual que sale derrotado en el homenaje a Queen en ‘Liberation’.

Lo que nadie puede negar a los británicos es su versatilidad para tocar todos los palillos. Le dan al metal (en ‘Kill Or Be Killed’), al techno (en ‘Compliance’), al indie bailongo (en ‘Euphoria’), a la balada (en ‘Verona’) y no se lanzan al reguetón porque no quieren, que sería glorioso escuchar los gorgoritos de Bellamy en modo autotune. La cosa termina con ‘We are fucking fucked’, quizás la más Muse de todo el disco, porque resulta que queriendo abarcarlo todo, al final no aprietan lo suficiente en lo que mejor saben hacer. Épica, guitarreo, falsetes y, ya lo vislumbramos en el horizonte, un trillón de luces led. El espectáculo está servido.

Por Jesús Lillo.

Cuando la EMI firmó en 2002 el contrato que convirtió a Robbie Williams en el artista mejor pagado de Europa, superado solo por Michael Jackson en el mercado planetario -unos 127 millones de euros, inversión cuya rentabilidad resultaba cuando menos dudosa en un momento crítico para la industria del disco, debilitada por las descargas ilegales y el pirateo; «Me voy a dedicar a contarlo», confesó el artista británico cuando le preguntaron qué pensaba hacer con tanto dinero-, José Manuel Costa, que en gloria esté, se puso como una hidra. Entró al despacho de Opinión hecho un basilisco y se puso a ladrar contra lo que consideraba el mayor fraude musical de aquel entonces, con nombre y apellidos. Lo hacía con la boca pequeña, consciente de que cuanto más brillaran los astros del pop, con o sin déficit de tarifa, más tinieblas le quedaban disponibles para explorar sus márgenes en busca de antiestrellas, que era su especialidad. Para que exista el elitismo es necesaria una gran base de vulgaridad, y esta la proporcionaba Robbie Williams, animador de estadio y prototipo de las nuevas masculinidades en un mundillo musical en el que los hombres se tomaban muy en serio el tema del rock y en el que eran las mujeres, ahí siguen, las encargadas de perpetuar el género de las variedades.

El cantante inglés celebra su veinticinco aniversario de su debut en solitario -cuando dejó de ser ‘el gordito de Take That’, como lo llamaba Liam Gallagher, archienemigo del que el pasado junio Williams interpretó en directo y sin complejos ‘Don’t Look Back In Anger’- con un álbum antológico cuyo repertorio fue arreglado para la Orquesta Metropole por, entre otros, su antiguo socio Guy Chambers, autor de clásicos como ‘Rock DJ’, ‘Feel’, ‘Millennium’, ‘Let Me Entertain You’ o ‘Angels’, presentes todas en este trabajo. Es precisamente el enésimo regreso de Chambers al equipo de Williams lo que lastra ‘XXV’, en el que se echa en falta buena parte de las salidas de tono que el autor de ‘Rudebox’ protagonizó tras librarse de su productor y pigmalión, excentricidades que la crítica británica rechazó en su día de plano y que, sin embargo, representan casi lo mejor del catálogo de Williams. En ‘XXV’ está ‘Tripping’, algo es algo, pero faltan ‘Sin, Sin, Sin y, aún peor, piezas como ‘Rudebox’, ‘She’s Madonna’ o ‘We’re The Pet Shop Boys’, quizá más difíciles de arreglar para una orquesta sinfónica y, además, ajenas al taller de Chambers.

Íbamos a hablar esta semana del ‘Heaven Come Crashing’ de Rachika Nayar, compositor neoyorquino que interpreta a un Jean Michel Jarre borracho de vino peleón y que a su vez ejecuta las partituras de Vini Reilly para The Durutti Column, pero en homenaje a José Manuel Costa, hemos decidido celebrar el veinte aniversario del falso sofocón que el maestro se llevó cuando Robbie Williams firmó su contrato con la EMI. Estamos donde estábamos. Todavía hay clases, y clasismo.

Por Javier Villuendas.

En el placer de seguir las reglas, hay una cruz (la cara) que es la de no seguirlas, optimización salvaje e ilustrada del genio libre de planificaciones corporativas castrantes, que Cecilio G encarna (polo) y marco con una estructura creativa muy enfocada, y que otros artistas miren obra, comparen obra y no aprendan, porque no tantos pueden salir airosos de un desparrame así.

Aquí el trapero de Bogatell lanza la enésima nueva mixtape oscura y excitante, alrededor de ‘Los Simpson’, un vínculo que prosigue de cuando hizo cameo como Carles Puigdemont en los Simspon catalanes, ‘Da Suisa’, de los Venga Monjas (‘Da Suisa son los Simpson con droga caníbal’), y que se sitúa al nivel loco de aquella fiesta grotesca en YouTube.

Pleno de cortes con frases míticas de la serie de Matt Groening, que Myto, el productor, retuerce siniestras y psicodélicas, el ‘punki negro’ golpea ágil con barras aterradoras y divertidas, su marca de agua. Empieza chungo: «El coche del payaso, tú ere’ un Krasty. No quiera’ joder, no me toma’o las pastis».

Pastiche así con bases inquietantes, ametralladora lírica, cantajuegos enfermo de Homer y cia y, en síntesis, un todo de ‘trash’ rap vibrante con el habitual sentido del humor que no bueno rollo: «Quién es de la secta esta. Quién mira La Sexta. Tú eres una gilipollas, una baloncesta», en ‘Nosotros’. En ‘A los monstruos no mirar’, retahíla pop mentando a Pretty Woman, los umpalumpa, Bin Laden, Leo Messi y el Monstruo Bu. Y, no apto para los admiradores del refinado Javier Marías, ese cierre con ‘El Jardín del Edén’ a lo John Waters (con Marge y su pelo azul de por medio, como el David Lochary de ‘Pink Flamingos’). Risas descarriadas en gloriosos 19 minutos.

  • Discográfica Royal Cream-BMG

Por David Morán.

Ah, el fogoso soul-rock de los Afghan Whigs. La ardiente oscuridad de ‘1965’ y la elegancia asilvestrada de ‘Gentleman’. Así sonaban los noventa antes de que llegasen los pantalones anchos y los gorros de pescador, atentados estéticos que vuelven a campar a sus anchas justo ahora que, casualidad, Greg Dulli ha decidido reactivar a los Whigs para volver a preguntarse si, como cantaba Neil Young, es mejor arder o quemarse lentamente. De ahí, se supone, el título, ese poético ‘How Do You Burn?’ que Mark Lanegan, gemelo tóxico y hermano del alma de Dulli, le susurró al oído antes de borrarse del mapa.

La procesión, igual que el fuego, va por dentro en un disco que empieza haciéndose bola (la poco prometedora ‘I’ll Make You See Good’ queda más cerca de unos Queens Of The Stone Age descafeinados que del ímpetu airado de ‘Debonair’) pero que se endereza en cuanto la asfixia de ‘The Gateway’, piano gótico y voz arenosa al frente, lo empieza a teñir todo de negro. Así, oscuro como una noche sin luna, todo en ‘How Do You Burn?’ es ir avivando el fuego leño a leño hasta llegar a la tormenta eléctrica de ‘In Flames’. Ahí está, justo al final, el clímax emocional de un disco en el que se amontonan los restos del naufragio y el ADN de los Afghan Whigs se deja pervertir aún más por las atmósferas de los Twilight Singers y los Gutter Twins, proyectos paralelos cada vez más enraizado en la nave nodriza.

Rock claustrofóbico y opresivo, más descarnado que carnal, con el que Dulli viene a decir que no hay nada más caliente que quemarse a lo bonzo. Otra cosa es que, a pesar del entusiasmo generalizado y de picos de intensidad como ‘Domino And Jimmy’ y ‘Jyja’, cualquier disco de la primera etapa de los Whigs siga siendo mucho más estimulante. Porque ¿acaso no es ‘A Line Of Shots’ lo más cerca que han estado de sonar como U2?

  • Discográfica Summer Shade / Run for Cover

Por Fernando Pérez.

Muerte al circunloquio, viva la concisión. ‘Menos es más’ es la máxima. Reivindicando de nuevo el placer y la virtud de la brevedad, este francotirador californiano, pequeño genio multitarea y héroe semioculto de la nueva cantera del power pop de toda la vida, vuelve a despachar una fugaz y deslumbrante colección de viñetas sonoras que, bajo la apariencia de simples esbozos, esconde auténticas sinfonías de bolsillo de impacto instantáneo y duradero.

Su clásica hoja de ruta no varía demasiado en su cuarto trabajo. Pasajes ensoñadores y bucólicos que son dinamitados con repentinas descargas eléctricas, herencia de un remoto pasado hardcore, para que un puñado de melodías irresistibles, absolutamente contagiosas, emerjan resplandecientes entre las ruinas humeantes de la demolición. Algo así como si J Mascis tomara el lugar de Garfunkel al lado de Paul Simon o Bob Mould arrasara la campiña de los Fairport Convention. 

Por aquí pululan también Lennon y Brian Wilson, nada menos. Y hay también ecos evidentes de The Byrds, Big Star y de sus herederos naturales (‘Not Worth Working’ parece sacado del ‘Bandwagonesque’ de Teenage Fanclub). Pero, sin efectismos ni arabescos innecesarios, estas pequeñas y finas piezas de orfebrería logran derruir el denso muro del ejercicio de estilo revisionista para atrapar al oyente en un carrusel de sensaciones, entre la melancolía y la euforia vigorizante, aquella azul eléctrica emoción a la que cantaban La Granja. Dieciocho minutos sin desperdicio. El mundo en apenas unos segundos. El disco perfecto para aferrarse al verano y tratar de engañar al otoño menos halagüeño.

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