«¿Dónde está el Rey?»: expectación y decepción entre el público concentrado en St. James que esperaba a Carlos III

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Ron tiene 63 años, aunque, como él mismo aclara con resignación, la vida le trató lo suficientemente mal como para que le echemos veinte años más. Una hora antes, y ayudado por su bastón, había conseguido situarse en la primera fila de los fieles reunidos bajo el balcón del Palacio de Saint James, en uno de los laterales de ‘The Mall’, la majestuosa avenida que comienza en el Arco del Almirantazgo y desemboca en Buckingham Palace. La deferencia de alguien le había abierto el paso, pese a que a duras penas podía caminar; y la compasión de algún otro le permitió acomodarse en una silla de camping ante la mirada de un sargento de la Policía Metropolitana que, al mando de cuatro agentes y con mucha mano izquierda, instaba al público a no traspasar una línea imaginaria en el patio de entrada al edificio.

Tras esos muros de ladrillo rojo levantados en tiempos de Enrique VIII, pasadas las diez de la mañana del sábado, hora local, una ceremonia histórica estaba llegando a su fin: la proclamación oficial de Carlos III, primogénito de Isabel II, como Rey de Inglaterra en presencia del Consejo de Adhesión. De puertas afuera, Ron y varios cientos de personas más no quitaban ojo a una puerta acristalada y abierta de par en par en el mismo balcón, a través de la cual sólo se distinguía una enorme lámpara. Creían que serían ellos los primeros en saludar al nuevo monarca tras su proclamación oficial y, tal vez, a «la mismísima reina Camila», tal y como comentaba una pareja a media voz.

Pero salió a escena el rey de armas de la orden de la Jarretera, en la actualidad David White, anunciando la muerte de la Reina Isabel II y leyendo la proclamación de Carlos III como nuevo Rey; salieron los guardias de Coldstream en formación y levantaron sus altísimos gorros; salieron de trompas y trompetas las notas del «God save the king», que miles de voces cantaron al unísono en Saint James Park y más allá… Y el que no salió fue el Rey Carlos. Así que cientos de teléfonos móviles se quedaron suspendidos en el aire, grabando hacia un balcón que en segundos se quedó vacío. «¿Dónde está Carlos? ¿Dónde está el Rey? ¿Y ahora qué?»

La última oportunidad

«Estará triste, habrá que darle tiempo», excusaban unos. «Todo esto del protocolo es muy complejo, desconocemos muchas cosas, y yo, con estar aquí, me conformo», señalaba un joven llamado Ken. Y Ron, sin disimular su decepción, se retiraba mientras reconocía que «seguramente, ésta ha sido mi última oportunidad para ver de cerca al nuevo Rey de mi país». Unos metros más allá, Joyce y su hija, que habían acudido al Palacio de Saint James para «vivir un momento transcendental», se consolaban con una frase que sonaba un tanto esotérica: «Podemos sentir su presencia».

Joyce y su hija han acudido a las puertas del Palacio de St. james ISABEL GUTIÉRREZ

Letra pequeña

Y revisando la convocatoria, la ‘presencia’ del recién proclamado monarca no se aseguraba en la orden del día. Tan solo la lectura a viva voz del comunicado sobre un documento que instantes antes había rubricado bajo la ‘supervisión’ de Penny Mordaunt, líder de la Cámara de los Comunes y presidenta del Consejo de Adhesión. Pero, ¿quién está pendiente de la letra pequeña del protocolo en una jornada histórica? Al fin y al cabo, esto de contemplar al Rey de Inglaterra sin verja de por medio y con cinco policías de brazos cruzados parecía demasiado relajado como para ser real.

Las verdaderas barreras se estaban levantando a esa hora en The Mall y en la rotonda del Victoria Memorial, en previsión de una creciente multitud a lo largo de la mañana. Tan solo un espontáneo al paso de la comitiva de Carlos y Camila hacia el Palacio de Buckingham, a su vuelta del Royal Exchange –cerca del río–, donde se realizó una segunda ceremonia de proclamación, se atrevió a saltar la barrera para salir al paso de la caravana. El placaje de la Policía fue inmediato y los vítores y carcajadas de los presentes, unánimes. Para entonces, el tono solemne había devenido en festivo, en ocasiones verbenero. Escrutar la fachada del Palacio de Buckingham, al igual que cualquier otra fachada de las inmediaciones, no fuera a ser que el Rey Carlos hubiera salido por una puerta trasera para aparecer de improviso en una ventana, dejó de ser un anhelo para convertirse en puro cachondeo: a más de uno se le antojó que el nuevo monarca podría tener el don de la ubicuidad. «¿Alguien sabe dónde está Carlos?», se convirtió en la pregunta del millón.

Coincidencias

Todas estas elucubraciones sabatinas apenas desentonan al cierre de una semana que ya está fascinando a los amantes de los datos, las anécdotas, las frases para la posteridad, las emociones fuertes… Una semana que recordarán hasta los más pequeños, partícipes de solemnes servicios religiosos y floridos homenajes en memoria de quien fue la jefa de Estado del Reino Unido durante 70 años: en estos siete días, los británicos han tenido dos monarcas (Isabel II y Carlos III de Inglaterra) y dos primeros ministros (los conservadores Boris Johnson y Liz Truss). Una extraordinaria coincidencia.

La gran vigilia

Desde hoy, y tras el inicial desconcierto en torno a los programas oficiales para despedir a Isabel II, los londinenses ya sabrán a qué atenerse: uno de los momentos cumbre, el recorrido en procesión, el próximo miércoles, del cuerpo de Isabel II, desde Buckingham Palace hasta el Palacio de Westminster, pasando por los Queen’s Gardens, The Mall, Horse Guards, Whitehall, Parliament Street, Parliament Square o New Palace Yard.

Durante varias jornadas los ciudadanos podrán asistir al Palacio de Westminster, que estará abierto durante 23 horas al día, a despedirse de Isabel II. Londres se prepara ya para la que probablemente será la mayor vigilia de su historia: en ambas orillas del Támesis, cines, restaurantes, pubs y demás establecimientos permanecerán abiertos día y noche para atender a quienes necesiten comida, abrigo o un café caliente durante las muchas horas de guardia que les esperan para decir, por última vez, «Dios salve a la Reina».

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