Las empresas multimillonarias de hoy que se enriquecieron gracias al régimen nazi

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En agosto de 1941, un joven ingeniero miembro de las SS arribó a la Guarida del Lobo, el cuartel general alemán en el frente oriental, para presentar un prototipo de vehículo todoterreno a Adolf Hitler. Anhelaba que el ‘Schwimmwagen’ (‘coche nadador’) tuviera el mismo éxito que el popular ‘Kübelwagen’ (‘coche cubo’). Tuvo suerte. El pedido fue tan colosal que su familia se valió de prisioneros de guerra soviéticos para cumplirlo: 650 a lo largo de toda la Segunda Guerra Mundial. Aquel chaval era Ferry Porsche y, junto a su padre, Ferdinand, fue elevado a los altares de la industria germana de la mano del Tercer Reich.

La Porsche-Piëch es solo una de las lamas del amplio abanico de familias que colaboraron con el Partido Nazi desde los años treinta. Todas ellas, multimillonarias en la actualidad después de haber sido bendecidas por los Aliados tras el conflicto. Así lo confirma a ABC David de Jong, quien presenta en Madrid ‘Dinero y poder en el Tercer Reich’ (Principal, 2022): «El proceso de desnazificación de los grandes empresarios alemanes es un mito. Los pocos que fueron encarcelados estaban libres en 1950 y fueron protagonistas del ‘boom’ económico germano».

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  • Páginas 400
  • Precio 22,90

Por mucho que se haya convertido en un verdugo de las grandes empresas alemanas, De Jong no viste hoy capucha negra. Recibe a ABC con una camisa entreabierta; los restos del calor de la capital, mortales para un holandés. Tampoco enarbola un hacha; prefiere disparar con ametralladora de tambor y señalar con nombres y apellidos a los viejos patriarcas de compañías como BMW o Dr. Oetker. Lleva una década haciéndolo en artículos periodísticos y no va a achantarse ahora. Aunque sí insiste en una cosa: «No quiero llamar a boicots ni nada parecido. Solo busco que asuman su responsabilidad histórica».

Coches, pilas y pizzas

Con voz grave, De Jong hace un recorrido por las cinco «dinastías» que recoge en su ensayo. La más poderosa es la familia Quandt, multimillonaria a base de fabricar armas para el ejército alemán. Sus conexiones políticas estremecen. «La exesposa de Günther, el patriarca, terminó casándose con el ministro de Propaganda Joseph Goebbels. Eso les proporcionó grandes beneficios», explica el periodista. A pesar de que por sus fábricas pasaron seis mil esclavos, no fueron juzgados en los procesos de Núremberg. «Hoy, una de sus ramas controla BMW. Su antigua compañía de baterías, la AFA, fue refundada como Varta y fabrica las pilas para los AirPods», sentencia.

Si los Quandt fueron los más poderosos, los Porsche se convirtieron en el ojito derecho de Hitler. Diseñaron el ‘Volkswagen’, se zambulleron en la industria de los carros de combate y regentaron unos de los complejos industriales más colosales de Alemania.

La estirpe de los Von Fink es la siguiente parada en la memoria del holandés. August, la cabeza visible, amasó una fortuna en los seguros con Allianz y ayudó al Reich a levantar la Casa del Arte de Múnich. A cambio, el ‘Führer’ le permitió ‘desjudaizar’ dos importantes bancos del Reich. «Hasta que murió, en los sesenta, su hijo apoyó económicamente al partido de extrema derecha germano AFD», completa.

‘Dinero y poder en el Tercer Reich’, según la crítica alemana

[De Rosalía Sánchez, corresponsal en Berlín] A menudo las empresas familiares son correctamente descritas como la columna vertebral de la economía alemana. Suelen tener más de cien años y perpetúan modelos de negocio a largo plazo, de manera que arrastran también algunos pecados del pasado. La pregunta sobre cómo les fue a los grandes apellidos de los negocios alemanes durante el Tercer Reich es recurrente. Los últimos autores que han vuelto a agitar el avispero recientemente han sido Zachary y Katharina Gallant, con un esquema más breve titulado ‘Suelo marrón’, y sobre todo David de Jong, cuya obra fue publicada en Alemania en junio por Kiepenheuer & Witsch bajo el título ‘Legado marrón’. ¿Otro libro más sobre los crueles empresarios nazis y sus herederos involuntarios?», se preguntaba la crítica especializada Ursula Weidenfeld, de la prestigiosa Deutschland Funk alemana, para concluir que no aporta información no conocida hasta ahora y se recrea en el cotilleo. «David de Jong no proporciona una reevaluación científica, solo cuenta historias. Al hacerlo, ocasionalmente sobrepasa la marca. ¿Cómo sabe el autor que Günther Quandt está pensando en su historia familiar cuando una tormenta eléctrica golpea el cielo de verano de Potsdam? ¿Qué lo lleva a sospechar que los ‘pensamientos del empresario vagaron hacia el pasado’ cuando se celebran los discursos en su cumpleaños número 60? Este murmullo, supuestamente revelador, perturba la lectura, porque De Jong no lo habría necesitado en absoluto».

No escapan tampoco los Flick. Friedrich se convirtió en amo y señor de un imperio del acero, el carbón y el armamento. Fue uno de los pocos procesados tras la guerra y fue encarcelado, aunque salió de prisión en los cincuenta. «Sorprende, pero no se le expropiaron sus negocios. Ya libre, recuperó su imperio», incide De Jong. Es el enésimo ejemplo de que la justicia Aliada fue cosmética: «Solo se tomaron represalias contra tres empresas: IG Farben –separada en Bayer y BASF–, Krupp –al que se le devolvieron sus posesiones años después– y Flick».

De Jong ha dejado para el final a los Oetker. «¿Son famosos en España?», pregunta desconcertado. Le llama la atención, pero así se ahorra explicaciones. «Era una familia provinciana, pero muy ideologizada. El resto habrían prosperado en cualquier otro lugar y momento histórico porque solo eran oportunistas. A ellos les benefició la cercanía a Hitler», incide. Durante el conflicto, esta dinastía se enriqueció al ofrecer a las fuerzas armadas pasteles, frutas secas y levadura en polvo. Su fundador fue voluntario de las SS. «Hoy, la compañía se ha dividido en dos partes. Una rama está más comprometida con la transparencia. La otra, no».

Dejar pasar

¿Cómo es posible que los empresarios más cercanos al Reich escaparan de la justicia? De Jong lo tiene claro: «Tras la guerra se necesitaba una nueva Alemania, una fuerte que se convirtiese en un bastión contra el comunismo». Los Aliados se lavaron las manos, movieron algunas piezas dentro del tablero empresarial –apartaron a los gerifaltes más recalcitrantes para sustituirlos por otros educados en Occidente– y, en definitiva, ayudaron a blanquear la historia. «Es muy tarde para empezar un nuevo proceso de desnazificación, pero no podemos mirar para otro lado. Más allá de la transparencia, que es necesaria, mi libro propone que los herederos asuman responsabilidades morales», completa.

De Jong está convencido de que el mayor problema es que «las autoridades alemanas, a las que se les dio la responsabilidad de desnazificar a los empresarios, no tenían incentivo alguno para hacerlo». Eso, sumado a que la caída de las familias más adineradas de la época hubiera provocado la debacle económica alemana, derivó en que se hiciera la vista gorda. «Si se hubiera producido una desnazificación real, habría lastrado la evolución económica y social del país. Y su renacimiento era clave para el nuevo proyecto europeo. De hecho, hoy es el motor de la UE», afirma. Lo entiende, pero le gustaría que los descendientes admitieran su pasado –como han hecho empresas de la talla de Allianz, ejemplo de transparencia– y pidieran perdón por ello.

La última pregunta, apurando el reloj, lleva algo de guasa. «¿Qué coche tiene usted, un BMW o un Porsche?». Responde con una carcajada. «No tengo. Mi pareja trabaja en la televisión estatal y nos pagan uno de alquiler». No sale a relucir la marca, pero aprovecha la broma para insistir en el mensaje central de la obra: «Solo quiero que sepan la historia de las empresas, a quién compran. Ni más, ni menos». Y así lo transmitimos.

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